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Concretamente, esta pregunta fue suscitada leyendo la Nota Preliminar del libro “Teología parainconformes”.
Propongo hacer preguntas a don Leonardo Polo e intentar responder.
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La
caridad “natural”, o caridad nativa es una de las aperturas trascendentes del acto de ser humano.
La
caridad “sobrenatural”, sin embargo, es una anticipación del crecimiento amoroso que
tendremos en el Cielo.
Ambas
inhieren en el acto de ser personal.
El
vínculo amoroso con Dios Espíritu Santo, Amor (que es la apertura trascendente natural o caridad natural nativa) es enriquecido
con la anticipación de nuestra vida amorosa en el Cielo, que no es otra cosa
que la caridad sobrenatural.
Y ese enriquecimiento del Amor personal, natural y sobrenatural a la vez, repercute en la voluntad y hace que la amistad pueda ampliarse cada vez a más personas y, sobre todo, que crezca nuestra amistad con Dios.
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Estas
ideas están inspiradas en el texto siguiente (que he interpretado a mi manera)
de Sellés en Teología para inconformes :
“Esta
es la tesis central que aquí se va a defender: la caridad (sobrenatural) eleva el amor
personal (natural), que es la dimensión superior del ‘acto de ser’ humano.
Pero
dicha tesis, que es explícita en muchos textos de Polo, no lo es en todos, pues
en alguno indica que la caridad eleva la amistad[1], la cual, si bien
es la más alta virtud de la voluntad, al fin y al cabo es una virtud de esa
potencia, y por ende, pertenece a la ‘esencia’ del hombre”.
[1]
“El Evangelio de la caridad sorprendió a los paganos, pues lleva consigo la hermandad
de espíritu de acuerdo con la filiación divina. Sin embargo, la caridad
cristiana, que eleva la amistad, debe recoger también las características que
le son propias. Tomás de Aquino sostiene que la amistad es una virtud. Conoce
muy bien la Ética a Nicómaco, a la que comenta pausadamente de un modo
casi literal, pero sostiene también que la amistad y la caridad son diferentes.
Por eso, en la Suma Teológica, en rigor, no se habla de la amistad sino
de la caridad”. Polo, L., Ibid., 473-474.
Después de la Virgen la criatura más santa es san José.
En todos los hombres, lo primero es la filiación.
En José lo superior es su paternidad espiritual (que no quiere decir simbólica).
Espiritual como la maternidad espiritual de María que
que fue antes y más Madre del Hijo según el espíritu que según el cuerpo. María
también es más Madre que hija.
También tuvo el privilegio de no ser afectado por el pecado
original.
La biblia no habla de que fuera enterrado. Seguramente está en cuerpo y alma en el cielo.
Esto también parece indicar que el pecado original
no hizo mella en él.
Aportaciones de Juan Fernando Sellés, según Polo.
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Sí.
Porque los dones son el “coronamiento del ser personal humano”. Las llamadas más altas y
permanentes hacia la santidad, pues el Espíritu Santo habita en el corazón de
los fieles (Lumen Gentium, 9).
Cada don eleva o corona un trascendental
personal.
El don de piedad corona el Amar personal.
Cuatro dones coronan el Intelecto personal:
El don de sabiduría corona el hábito innato de
sabiduría.
El don de inteligencia corona el hábito innato de
los primeros principios.
El don de ciencia corona el ver-yo del hábito
de sindéresis.
El don de consejo corona el querer-yo del
hábito de sindéresis.
El don de fuerza corona la Libertad
trascendental.
El don de temor corona la Coexistencia
trascendental.
Esta
pregunta surgió con motivo de las clases impartidas por el profesor Juan
Fernando Sellés, por zoom, a partir de septiembre de 2023.
Concretamente,
esta pregunta fue suscitada escuchando la sesión TEOINC nº1. La Introducción del libro “Teología para
inconformes”.
Como verán,
no estoy de acuerdo completamente con su planteamiento.
Pues el
profesor Sellés dice esquemáticamente:
El don de
piedad eleva la justicia y la amistad (no coincidimos pues pienso que el don de
piedad corona el amar personal)
El don de
sabiduría eleva el hábito innato de sabiduría (coincidimos)
El don de
inteligencia eleva el hábito de los primeros principios (coincidimos)
El don de
ciencia eleva el hábito adquirido de ciencia (no coincidimos pues pienso que el
don de ciencia eleva la sindéresis, concretamente en el ver-yo y redunda en la
prudencia)
El don de
consejo eleva el hábito de sindéresis (coincidimos en que eleva la sindéresis
pero habría que añadir concretamente en el querer-yo y redunda en la justicia)
El don de
fortaleza eleva la virtud de la fortaleza de la voluntad (no coincidimos pues
pienso que eleva la libertad personal y redunda en la fortaleza de la voluntad)
El don de
temor eleva la virtud de la templanza (no coincidimos pues pienso que eleva el
co-ser personal y redunda en la templanza)
He notado
que el profesor Sellés, en los puntos en los que no coincidimos suele decir “a
mi modo de ver”.
Quizá mi punto de vista viene del verbo “coronar” que empleo en la descripción de los dones.
A mi modo de ver si los dones coronan deben ser lo más alto.
De ahí que incidan directamente sobre lo más alto de la persona humana que
son los cuatro trascendentales personales.
Pienso, y así matizo el punto de vista del profesor Sellés, que la elevación de los hábitos adquiridos y de las virtudes es por
redundancia y no directamente.
Y me complace especialmente el pensar que el don más alto para nosotros es el don de Piedad, pues somos Hijos.
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[1]
“La dimensión amorosa elevada a culminación la debemos evidentemente al
cristianismo. Desde su ápice divino, el don del amor es operante”. Polo, L., La originalidad de la concepción cristiana de la existencia, 250.
“Y como Él es omnipotente y misericordioso, otorga a nuestro amor una altura elevada
a la de Él, sin la cual nuestro amor no sería nada, porque no valdría para Dios”.
Persona y libertad, 251; “la
dimensión amorosa, elevada a culminación, la debemos evidentemente al
cristianismo”. Filosofía y economía,
229. “El acto de ser humano es elevado por otros ‘habitos’ que no son ni
innatos ni adquiridos, sino efundidos. Se trata de las virtudes sobrenaturales (fe, esperanza y caridad)”. Ibid., 223, nota 49. “El hábito humano
superior es la amistad, la elevación al amor de caridad es expuesta por Tomás
de Aquino”. “Itinerario de la razón a la fe”, pro manuscripto, 3.
[2]Polo,
L., Antropología trascendental, 413,
nota 71.
El profesor Sellés responde:
Leonardo
Polo distinguió dos tipos de esperanza, la natural y la sobrenatural.
A
la primera le dedicó el artículo titulado “La esperanza”[1], que
luego entró a formar parte de uno de sus libros, La esencia del hombre[2].
A
la segunda le prestó atención sobre todo en dos de sus publicaciones: La persona humana y su crecimiento[3] y su
obra póstuma Epistemología, creación y
divinidad[4].
Dice muy bien Sellés :
La
fe es personal, y como la fe es cognoscente, no puede sino inherir en lo más
alto del conocer humano, el personal.
Polo
llama a este conocer ‘intellectus ut
co-actus’.
Lo
denomina así porque es coactivo junto con la libertad y el amar personales.
Polo
lo hace equivaler al ‘intelecto agente’ aristotélico.
La fe intelectual o fe natural es necesaria para conocer con
fe sobrenatural.
Sin la fe natural no sería posible la fe sobrenatural.
Si no se cree racionalmente en Dios no puede aceptarse su
revelación.
La Palabra revelada no puede estar en contradicción con lo alcanzable por nuestra intelección natural
Decía
Tomás de Aquino que, en el cielo, los que se han dedicado a la actividad
intelectual tendrán un premio especial.
¿Por
qué? Porque la naturaleza humana es capaz de producir y ofrecer obras buenas. Y entre las obras buenas más elevadas se
encuentran las intelectuales.
Aquí
tenemos una pista para comprender el valor de “obsequio” de la formulación de
la filosofía desde la visión católica.
La
filosofía adquiere el carácter de sirvienta de la fe sobrenatural.
Y
la fe filosófica,con su significado donal, reúne la inteligencia y la voluntad.
Escuchemos
a Polo : “La teología es la hazaña intelectual más asombrosa y de mayor alcance
de la historia, y se realiza con el sentido de “oferta” de la razón. (Obsequio de la razón).
La
razón encuentra su propia destinación en el esclarecimiento del misterio
dogmático; se pone a prueba a sí misma en tanto que es capaz de aportar su luz
a lo que primariamente, y sin dejar de serlo nunca en esta vida, es misterio.
Según Hegel Dios tiene que conocerse a la par que conoce al
mundo, pues se considera que ‘Dios no es Dios sin el mundo’.
Esto, que para muchos equivale a panteísmo, Polo lo describe
como ‘panlogismo’, porque estima que
responde a pretender alcanzar una idea máximamente general en la que se
subsuman todas las distinciones.
El monismo subjetual del Absoluto lógico hegeliano difiere
del planteamiento de la fe que confiesa la Trinidad de Personas en Dios”, porque
el Dios de Hegel ni es personal ni real.
El Dios de Hegel es
una idea general.
La
primera etapa, buscar su armonía.
La
segunda, probar la desarmonía.
Primera etapa. El
profesor Sellés explica que a lo largo de la Patrística se tendió a unir fe y
razón.
Así, por ejemplo, Polo alude a San Gregorio
Nacianceno y dice de él que “la distinción,
tan neta hoy, entre la teología de la fe y la filosofía.., no era tan clara en los autores cristianos
premedievales y en la Patrística griega.
Los padres griegos y latinos no separaban
tanto como los escolásticos del s. XIII la teología de la filosofía.
Y Agustín de Hipona relacionaba ambos
saberes con la célebre expresión ‘entiende para creer y cree para entender’.
Lo
propio de ambos saberes es el conocer.
No se oponen, aunque sean jerárquiamente
distintos, se ayudan mutuamente.
San Anselmo lo dice: la fe busca entender, y
el intelecto la fe.
Segunda
etapa. Se tiende hacia la discordancia. El
averroísmo impone la teoría de la doble verdad. Su dualismo rompe la armonía.
La filosofía se independiza de la fe.
Don
Leonardo, que es un gran historiador de la Filosofía, pone a Escoto como el
precedente de la modernidad que comienza propiamente con Ockham.
En esta etapa Polo alude, además de a los dos recién mencionados, al menos, a los siguientes autores: Lutero, Kant, Hegel, Kierkegaard, Heidegger, Rahner, y como contrapunto de ellos, a santos como San Juan de la Cruz o Sta. Teresa de Jesús, o a literatos como Chesterton.
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