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La existencia de una libertad radical, más allá de la muerte ¿qué muestra?

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Muestra la existencia de Dios.

La muerte no es un término, sino un paso.
Es el desvelamiento de la libertad nativa.

Experimentar la libertad nativa es percibir que puedo ser todas las cosas (el alma es, en cierto sentido, todas las cosas).

Pero ¿quién soy en realidad? Lo sabré al destinarme. Cuando sepa lo que he elegido ser. Al experimentar mi libertad de destinación.
La libertad nativa se transforma en búsqueda (como los pájaros se transforman en vuelo).

La muerte no es un término, sino un paso.
Heidegger pide que se acepte la muerte con valentía y elegancia: si sabemos que vamos a morir, realicemos nuestra vida del modo más noble posible.
Soy libre "hasta la muerte".

Pero si somos "realmente" libres, y no sólo hasta la muerte, debo descifrar mi vida, mi cuerpo, la cultura, más allá de la muerte.

Al morir conoceré mi destino (aunque en esta vida empecemos ya a conocer al despertar).

Polo pone el ejemplo de Jesús que alcanza su destino (Resurrección) al descifrar el sentido de su Pasión: convertir la muerte en un sacrificio (para entenderlo debemos conocer el sentido que tenía para los judíos el sacrificio).

En el último capítulo de ¿Quién es el hombre? Polo comienza hablando de la muerte, pero para llegar a lo más importante : el encuentro con mi verdad personal : ¿Quién soy en Dios?

Por eso dice, si la libertad existe (y no sólo libertad de elegir cerveza o coca), Dios existe.

Polo no demuestra la existencia de Dios, sino que la muestra, invitando a abandonar el límite mental, el horizonte cerrado que no deja alcanzar la dualidad.
Cuando nuestro conocimiento consigue superar ese límite, hemos empezado a ver a Dios.

Si somos libres, aunque muramos, Dios existe.

Dicho de otra manera: si Dios no existe, nunca seré libre, pues soy esclavo de la muerte.




Existe una etiqueta sobre la libertad nativa y otra sobre la libertad de destinación. Ambas comienzan por 5.5.4
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¿Es la muerte vía para la antropología?

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La cuestión de la muerte una de las grandes vías de entrada al tema del hombre.

Si nos atrevemos a pensarla, se ponen en claro las grandes dimensiones del ser humano: tenemos cuerpo, somos alma espiritual, dependemos de Dios.

Empezamos a darnos cuenta del fondo de muchos anhelos del hombre: querríamos ser inmortales o, lo que es lo mismo, descifrar los símbolos que los humanos cultivamos (cultura).

Y símbolo fuerte es la muerte.

Se cuenta la siguiente anécdota: cuando los comunistas eran comunistas de verdad, en un coloquio con intelectuales de Occidente, salió a relucir el famoso asunto de la sociedad perfecta, sin clases, en que culmina la historia. Y uno de los de Occidente preguntó: - ¿Y si en esa sociedad perfecta un tranvía atropella a un niño y lo mata? Un comunista respondió: - En la sociedad perfecta no habrá tranvías.

La filosofía moderna desvía la vista de la muerte, buscando teorías (como la marxista) para esquivarla.

Sin embargo, la muerte nos orienta a restaurar el sentido trascendental del yo: adorar-yo. La muerte nos anima a expresarlo simbólicamente enamorados de Dios.

A descubrir su valor donal. La muerte puede ser el símbolo de la plenitud del amor. Vía para entender que el hombre solo es un absurdo.



De esto habla Polo en el último capítulo de Quién es el hombre, p. 218.2-3. Y habla del adorar-yo en Antropología trascendental I, p. 211.”

Para saber más sobre la cultura, ver Etiqueta 7.2.0
Para saber más sobre la muerte, ver Etiqueta 10.0.0
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¿Somos libres ante la muerte?

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Sí.
Somos libres ante la muerte.

Aceptándola.

Pero no según el estoico imperativo categórico kantiano que dice: como tengo que morir, como, quiera o no quiera, debo morir, mejor será no rebelarse y aceptar dócilmente que el carro tire de mí, como un perro atado.
Protestar sería hacerme más daño.

No somos libres ante la muerte en este sentido estoico.

Soy libre ante la muerte si sé que el tránsito, el paso que es la muerte, me desvelará el sentido de la libertad nativa que soy.

Libertad nativa es saberse hijo de Dios que nunca me abandona. Libertad nativa es ser fuente inagotable al depender irrestrictamente, libremente, de un Creador personal.  Mi padre es Dios y no la naturaleza.

Así entenderé que el hecho de morir no me quita libertad, sino que me ayuda a ir descifrando mi vida.

La libertad radical que soy, sola, se quiebra.
El hecho de la muerte la recompone, al comprender que en ese tránsito se desvelará mi destino.

Buscaré el modo de "pasar" manifestando mejor mi destino libre, el sentido de mi vida.

En último término, el sentido de mi vida es que sea aceptada por Dios.
Cuando acepto el don que seré, alcanzo el núcleo de la aceptación de la muerte, el darle sentido donal y, correlativamente, aceptar que la vida es un don libre a Dios.

La muerte no me quita libertad, sino que desvela su sentido.
La libertad nativa se dualiza con la libertad de destinación. Soy libre para la gloria de Dios.








De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 223-224.

Para saber más sobre la libertad nativa ver la etiqueta 5.5.4

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¿Es la muerte una buena piedra de toque para conocer la profundidad de los filósofos?

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Sí. la muerte es una buena piedra de toque para conocer la profundidad de los filósofos.

Los más profundos serán los que sepan decirnos por qué el hombre es mortal y lo hagan jugando con la muerte, no como el caballero de la película El séptimo sello que se atreve a mirar a la muerte pero intenta retrasar que le llegue, retándola a una partida de ajedrez. Y pierde.

El mejor filósofo será el que juegue con la muerte con un juego de suma positiva en el que todos ganan. El que sea capaz de bailar con la muerte en lugar de desviar su mirada.

Kant: en vez de reconocer que soy mortal, juega con el absoluto ético del imperativo categórico.

Hobbes: el miedo le hace refugiarse en el Estado, que a lo más le pagará el entierro.

Sartre: la muerte da jaque y mate a mi libertad.

Heidegger: sé que me ganarás, pero yo jugaré como me dé la gana.

Nietzsche: venceré a la muerte pues seré vencedor. Vencerá el que vencerá.

Buda: yo no juego.

Ejemplos de filósofos que no saben bailar con la muerte.









De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 214-216
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¿Qué es la Muerte de Cristo?

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La Muerte de Cristo es su "aceptación" de la experiencia del abandono de Dios, confiando en su Misericordia, con la intención de aportar la felicidad eterna a la humanidad.

La Muerte de Cristo es la dimensión radical del acto Supremo del Amor de Dios hacia los hombres.

El sufrimiento de esta Muerte es aceptado por Cristo y esencialmente consiste en experimentar el abandono del Padre.


Entendámoslo bien, Dios Padre no abandona   al Verbo, no abandona a su Hijo.

Y tampoco abandona al alma de Cristo.

Además, el cuerpo, separado del alma, no puede sufrir, pues un cuerpo separado está muerto, es un cadáver, ni siente, ni goza, ni sufre.

Sin embargo, el alma separada sí que no puede seguir gozando de la felicidad "que viene del cuerpo".
La felicidad que el cuerpo de Cristo sentía, en su alma, era, desde la Encarnación, la felicidad de la visión beatífica que hace al cuerpo glorioso, luminoso, reflejo del Espíritu Santo.

Y es esa felicidad proveniente de la gloria de su cuerpo la que se pierde en la Muerte.

El Hijo da ese dolor, ofrece ese dolor a los hombres para que nos arrepintamos de nuestros pecados, al darnos cuenta de lo que el pecado provoca: la separación de Dios, único y verdadero mal.

La Muerte de Cristo es, pues, su sufrimiento, por el abandono de Dios Padre.

Notemos que Cristo se gozaba también en la felicidad de su Cuerpo místico, la Iglesia. Por eso, en su Muerte, Cristo se queja también del sufrimiento que le producen los miembros de la Iglesia cuando se separan de Dios por el pecado y arriesgan el abandono definitivo de Dios.




Ideas y frases sacadas de Ignacio Falgueras Salinas en "El abandono final. Una meditación teológica sobre la muerte cristiana. Universidad de Málaga. Estudios y Ensayos, nº 32, p.55


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¿Es la muerte vía para la antropología?

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La cuestión de la muerte una de las grandes vías de entrada al tema del hombre.

Si nos atrevemos a pensarla, se ponen en claro las grandes dimensiones del ser humano: tenemos cuerpo, somos alma espiritual, dependemos libremente de Dios.

Empezamos así a darnos cuenta del fondo de muchos anhelos del hombre: querríamos ser inmortales o, lo que es lo mismo, descifrar los símbolos que los humanos cultivamos (cultura).

Y símbolo fuerte es la muerte.

Se cuenta la siguiente anécdota: cuando los comunistas eran comunistas de verdad, en un coloquio con intelectuales de Occidente, salió a relucir el famoso asunto de la sociedad perfecta, sin clases, en que culmina la historia. Y uno de los de Occidente preguntó: - ¿Y si en esa sociedad perfecta un tranvía atropella a un niño y lo mata? Un comunista respondió: - En la sociedad perfecta no habrá tranvías.

La filosofía moderna desvía la vista de la muerte, buscando teorías (como la marxista) para esquivarla.

Sin embargo, la muerte nos orienta a restaurar el sentido trascendental del yo: adorar-yo. La muerte nos anima a expresarlo simbólicamente enamorados de Dios.

A descubrir su valor donal. La muerte puede ser el símbolo de la plenitud del amor. Vía para entender que el hombre "solo" es un absurdo.





De esto habla Polo en el último capítulo de Quién es el hombre, p. 218.2-3. Y habla del adorar-yo en Antropología trascendental I, p. 211.”

Para saber más sobre la cultura, ver Etiqueta 7.2.0

Para saber más sobre los símbolos, ver Etiqueta 6.2.6
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¿Somos libres ante la muerte?

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Sí. Aceptándola.

Pero no según el estoico impertivo categórico kantiano que dice: como tengo que morir, como, quiera o no quiera, debo morir, mejor será no rebelarse y aceptar dócilmente que el carro tire de mí, como un perro atado. Protestar sería hacerme más daño.

No somos libres ante la muerte en este sentido estoico.

Soy libre ante la muerte si sé que el tránsito, el paso que es la muerte, me desvelará el sentido de la libertad nativa que soy.

Libertad nativa es saberse hijo de Dios que nunca me abandona. Libertad nativa es ser fuente inagotable al depender irrestrictamente, libremente, de un Creador personal.  Mi padre es Dios y no la naturaleza.

Así entenderé que el hecho de morir no me quita libertad, sino que me ayuda a ir descifrando mi vida.

La libertad radical que soy, sola, se quiebra. El hecho de la muerte la recompone, al comprender que en ese tránsito se desvelará mi destino.

Buscaré el modo de "pasar" manifestando mejor mi destino libre, el sentido de mi vida.

En último término, el sentido de mi vida es que sea aceptada por Dios.
Cuando acepto el don que seré, alcanzo el núcleo de la aceptación de la muerte, el darle sentido donal y, correlativamente, aceptar que la vida es un don libre a Dios.

La muerte no me quita libertad, sino que desvela su sentido. La libertad nativa se dualiza con la libertad de destinación. Soy libre para la gloria de Dios.

De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 223-224.

Para saber más sobre la libertad nativa ver la etiqueta 5.5.4

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¿Cómo integrar la muerte en mi libertad?

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Sartre tiene razón cuando observa que la muerte aparece como una necesidad para mi libertad: alguien va por la calle, le cae una teja en la cabeza y se muere.

¿Dónde está ahí la libertad? Pues piensen ustedes que tampoco podemos decidir nacer. Ahora bien, podemos aceptarlo.

Polo llama a esta aceptación libertad nativa.
Radicalmente podemos aceptar nacer y podemos aceptar morir.

Claro está que si entendemos la libertad como espontaneidad (libertad emancipada) tal como hacen Heidegger y Sartre, no se entiende la libertad radical de la que aquí hablamos.

El acto de la libertad nativa no es una decisión que se tome o comience en el curso de la vida (“comenzar” es propio del acto de ser del universo, de la persistencia), la persona humana no “comienza” sino que nace como novedad que se añade: es segunda.

La libertad emancipada moderna es un “comenzar” desde sí o por sí (perseitas). Por eso Heidegger afronta la muerte con un acto que llama libre en el que se agota. Y por eso Sartre dice que comenzar no sirve para nada.

No saben plantear la cuestión de la libertad pues para ellos la libertad es innata, no nativa.

Intentemos aclarar la cuestión: nacer no es comenzar; morir no es terminar.
La vida humana no es el trayecto entre su comienzo y su fin. Eso es la vida biológica o animal.

¿Qué es el nacer para una persona humana?: la libertad nativa, el ser hijo. El ser un ser que es co-ser o ser segundo.
Un ser que posee un futuro que no acaba. Hijo es nombre personal; no ser cósmico.

Aunque muramos biológicamente seguiremos siendo hijos. La libertad nativa trasciende el nacer y el morir.

Trascendentalmente aceptamos (ésa es la novedad) nuestro nacer y podemos aceptar nuestro morir; el acabarse de la vida biológica, ofreciéndola como don.

Heidegger está pues más cerca de la comprensión de la muerte que Sartre; pero al no saberse hijo, incumbe en patetismo. Desconoce que al terminarse la vida biológica descifraremos su sentido. No porque nosotros se lo demos, sino porque nuestro Padre nos lo otorga como premio a nuestra fidelidad.



De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 211

Para saber más sobre la muerte ver la etiqueta 10.0.0

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¿Cómo integrar la muerte en mi libertad?

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Sartre tiene razón cuando observa que la muerte aparece como una necesidad para mi libertad: alguien va por la calle, le cae una teja en la cabeza y se muere.

¿Dónde está ahí la libertad? Pues piensen ustedes que tampoco podemos decidir nacer. Ahora bien, podemos aceptarlo.

Polo llama a esta aceptación libertad nativa.
Radicalmente podemos aceptar nacer y podemos aceptar morir.

Claro está que si entendemos la libertad como espontaneidad (libertad emancipada) tal como hacen Heidegger y Sartre, no se entiende la libertad radical de la que aquí hablamos.

El acto de la libertad nativa no es una decisión que se tome o comience en el curso de la vida (“comenzar” es propio del acto de ser del universo, de la persistencia), la persona humana no “comienza” sino que nace como novedad que se añade: es segunda.

La libertad emancipada moderna es un “comenzar” desde sí o por sí (perseitas). Por eso Heidegger afronta la muerte con un acto que llama libre en el que se agota. Y por eso Sartre dice que comenzar no sirve para nada.

No saben plantear la cuestión de la libertad pues para ellos la libertad es innata, no nativa.

Intentemos aclarar la cuestión: nacer no es comenzar; morir no es terminar.
La vida humana no es el trayecto entre su comienzo y su fin. Eso es la vida biológica o animal.

¿Qué es el nacer para una persona humana?: la libertad nativa, el ser hijo. El ser un ser que es co-ser o ser segundo.
Un ser que posee un futuro que no acaba. Hijo es nombre personal; no ser cósmico.

Aunque muramos biológicamente seguiremos siendo hijos. La libertad nativa trasciende el nacer y el morir.

Trascendentalmente aceptamos (ésa es la novedad) nuestro nacer y podemos aceptar nuestro morir; el acabarse de la vida biológica, ofreciéndola como don.

Heidegger está pues más cerca de la comprensión de la muerte que Sartre; pero al no saberse hijo, incumbe en patetismo. Desconoce que al terminarse la vida biológica descifraremos su sentido. No porque nosotros se lo demos, sino porque nuestro Padre nos lo otorga como premio a nuestra fidelidad.





De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 211

Para saber más sobre la muerte ver la etiqueta 10.0.0

 .

¿Es la muerte una buena piedra de toque para conocer la profundidad de los filósofos?

.

Sí. Los más profundos serán los que sepan decirnos por qué el hombre es mortal y lo hagan jugando con la muerte, no como el caballero de la película El séptimo sello que se atreve a mirar a la muerte e intenta retrasar que le llegue, retándola a una partida de ajedrez.

El mejor filósofo será el que juegue con la muerte con un juego de suma positiva en el que todos ganan. El que sea capaz de bailar con la muerte en lugar de desviar su mirada.

Kant: en vez de reconocer, soy mortal, juega con el absoluto ético del imperativo categórico.

Hobbes: el miedo le hace refugiarse en el Estado, que a lo más le pagará el entierro.

Sartre: la muerte da jaque y mate a mi libertad.

Heidegger: sé que me ganarás, pero yo jugaré como me dé la gana.

Nietzsche: venceré a la muerte pues seré vencedor. Vencerá el que vencerá.

Buda: yo no juego.

Ejemplos de filósofos que no saben bailar con la muerte.

De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 214-216
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¿Tiene razón Heidegger cuando afirma que sin la muerte desaparecerían los proyectos?

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Sí, Heidegger tiene razón cuando afirma que sin la muerte desaparecerían los proyectos, porque la muerte acota el tiempo de la vida terrestre.

Si viviéramos indefinidamente no existirían las posibilidades, pues todo sería posible y tarde o temprano se realizaría. La vida sería un todo infinito y aburrido en la que no nos jugaríamos nada.

La muerte da posibilidad a la posibilidad.
De ahí que, aunque la muerte aparezca como algo negativo, el sabio agradece el conocerla, pues así se estimula a aprovechar el tiempo en tareas con sentido.

Heidegger tiene razón: sin la muerte no existirían las alternativas.

Esto no quita el que exista una ciencia superior que Heidegger ignora: la muerte no es un término, sino un cambio de vida.
Heidegger incumbe en patetismo. La inmortalidad no debe equipararse a la prolongación indefinida de la vida biológica. Ser inmortal es saber descifrar nuestro cuerpo, esencializarlo de tal modo que sirva para otra vida que no es aburrida: la vida eterna "de los hijos".








De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 209, 2-3.

Para saber mas sobre Heidegger ver la etiqueta 20.50.00

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¿Cómo integrar la muerte en mi libertad?

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Sartre tiene razón cuando observa que la muerte aparece como una necesidad para mi libertad: alguien va por la calle, le cae una teja en la cabeza y se muere.

¿Dónde está ahí la libertad?
Pues piensen ustedes que tampoco podemos decidir nacer.
Ahora bien, podemos aceptarlo.

Polo llama a esta aceptación libertad nativa.

Claro está que si entendemos la libertad como espontaneidad (libertad emancipada) tal como hacen Heidegger y Sartre, no se entiende la libertad radical de la que aquí hablamos. (La libertad radical o trascendental tiene dos miembros, la libertad nativa y la libertad de destinación).

El acto de la libertad nativa no es una decisión que se tome o comience en el curso de la vida (“comenzar” es propio del acto de ser del universo, de la "persistencia"), la persona humana no “comienza” sino que nace como novedad que se añade: es segunda.

La libertad emancipada moderna es un “comenzar” desde sí o por sí (perseitas). Por eso Heidegger afronta la muerte con un acto que llama libre en el que se agota. Y por eso Sartre dice que comenzar no sirve para nada.

No saben plantear la cuestión de la libertad, pues para ellos la libertad es innata, no nativa.

Intentemos aclarar la cuestión: nacer no es comenzar; morir no es terminar.
La vida humana no es el trayecto entre su comienzo y su fin. Eso es la vida biológica o animal.

¿Qué es el nacer para una persona humana? : la libertad nativa, el ser hijo. El ser un ser que es co-ser o ser segundo.
Un ser que posee un futuro que no acaba. Hijo es nombre personal; no ser cósmico.

Aunque muramos biológicamente seguiremos siendo hijos. La libertad nativa trasciende el nacer y el morir.

Trascendentalmente aceptamos (ésa es la novedad) nuestro nacer y podemos aceptar nuestro morir; el acabarse de la vida biológica, ofreciéndola como don.

Heidegger está pues más cerca de la comprensión de la muerte que Sartre; pero al no saberse hijo, incumbe en patetismo. Desconoce que al terminarse la vida biológica descifraremos su sentido. No porque nosotros se lo demos, sino porque nuestro Padre nos lo otorga como premio a nuestra fidelidad.

De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 211

Para saber mas sobre la libertad nativa ver la etiqueta 5.5.4
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¿Cómo causa el pecado original la muerte?

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El pecado original causa la muerte "per accidens"

En sentido estricto no es el pecado el que causa la muerte, pues la muerte sigue "naturalmente" a la naturaleza humana.

La muerte se encontraba impedida por el estado de justicia original en que Dios creó la naturaleza humana.

La muerte es una exigencia natural de la especie humana.

Pero Dios, junto con la gracia había concedido al hombre un conjunto de privilegios que eran como un freno para lo que reclamaba la naturaleza humana.

El pecado, al destruir el estado de justicia original, se constituyó en causa per accidens de la muerte.

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¿Tenemos asegurada nuestra reacción en el momento de la muerte?

.No sabemos cómo vamos a reaccionar en el momento de nuestra muerte.

Pero ya ahora, podemos afrontar la muerte, para incluirla en la vida.

El modo más serlo de conseguirlo es ser libre ante la muerte.

No se trata aquí de ser libre porque no nos vayamos a morir, pues la muerte llegará inexorable.
Se trata de entenderla como un paso en el que la vida, el encargo, se ha cumplido.

En el momento de la muerte probablemente estaremos en coma, poco vamos a añadir entonces a la vida, quizá algún deseo o recomendación a los parientes más próximos.

La culminación de la vida no es, pues, cuestión de "momentos". Casi seguro que no cambiaremos de actitud en el "momento" de la muerte.

En esta vida, la culminación la experimentaremos cuando, libremente, conscientemente, hagamos el mayor don de nosotros mismos del que seamos capaces.

¿Lo hemos hecho ya? Quizá.

Pero incluso si lo hemos hecho. Siempre podremos hacer un don mayor.

El encargo no está todavía cumplido.

¿Es la muerte un acontecimiento de mi historia, de mi vida?

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No faltan quienes niegan la existencia de la muerte, asegurando que es una ficción, pues cuando morimos ya no vivimos, sería algo externo a nuestra vida: la vida ha terminado, luego la muerte no es nada.

Hagamos, sin embargo, un esfuerzo por abandonar la manía sustancialista que ve todo a través de un “sujeto”, un yo aislado, que se muere cuando se muere, como muere un perro, una sustancia. Si es así, la muerte es ciertamente exterior a mi vida.

La persona no es una sustancia que desaparece al transformarse en cadáver. La persona humana es “adverbio”, es “además”. Este horizonte nos permitirá comprender el sentido donal de la muerte.

La vida terrestre termina, sí, el don se ha completado y se abre la gran alternativa: ¿será mi vida aceptada? Hemos llegado al gran acontecimiento de mi historia: el juicio.

La historia de la persona que soy, viva, muerta y resucitada.
La muerte es ciertamente un acontecimiento de mi Vida (no solo de la terrestre).






De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 208.2

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¿Es la muerte vía para la antropología?

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La cuestión de la muerte es una de las grandes vías de entrada al tema del hombre.

Si nos atrevemos a pensarla, se ponen en claro las grandes dimensiones del ser humano: tenemos cuerpo, somos alma espiritual, dependemos de Dios.

Empezamos a darnos cuenta del fondo de muchos anhelos del hombre: querríamos ser inmortales o, lo que es lo mismo, descifrar los símbolos que los humanos cultivamos (cultura).

Y símbolo fuerte es la muerte.

Se cuenta la siguiente anécdota: cuando los comunistas eran comunistas de verdad, en un coloquio con intelectuales de Occidente, salió a relucir el famoso asunto de la sociedad perfecta, sin clases, en que culmina la historia. Y uno de los de Occidente preguntó: - ¿Y si en esa sociedad perfecta un tranvía atropella a un niño y lo mata? Un comunista respondió: - En la sociedad perfecta no habrá tranvías.

La filosofía moderna desvía la vista de la muerte, buscando teorías (como la marxista) para esquivarla.

Sin embargo, la muerte nos orienta a restaurar el sentido trascendental del yo: adorar-yo. La muerte nos anima a expresarlo simbólicamente, enamorados de Dios.

De esto habla Polo en el último capítulo de Quién es el hombre, p. 218.2-3. Y habla del adorar-yo en Antropología trascendental I, p. 211.”

Para saber más sobre la cultura, ver Etiqueta 7.2.0

¿Tiene razón Heidegger cuando afirma que sin la muerte desaparecerían los proyectos?

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Sí, porque la muerte acota el tiempo de la vida terrestre.

Si viviéramos indefinidamente no existirían las posibilidades, pues todo sería posible y tarde o temprano se realizaría. La vida sería un todo infinito y aburrido en la que no nos jugaríamos nada.

La muerte da posibilidad a la posibilidad.
De ahí que, aunque la muerte aparezca como algo negativo, el sabio agradece el conocerla, pues así se estimula a aprovechar el tiempo en tareas con sentido.

Heidegger tiene razón: sin la muerte no existirían las alternativas.

Esto no quita el que exista una ciencia superior que Heidegger ignora: la muerte no es un término, sino un cambio de vida.
Heidegger incumbe en patetismo. La inmortalidad no debe equipararse a la prolongación indefinida de la vida biológica. Ser inmortal es saber descifrar nuestro cuerpo, esencializarlo de tal modo que sirva para otra vida que no es aburrida: la vida eterna "de los hijos".

De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 209, 2-3.

Para saber mas sobre Heidegger ver la etiqueta 20.50.00
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¿Tiene la vida valor donal? ¿Y la muerte?

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El valor donal de la vida se corresponde con el valor donal de la muerte.

La vida es para consumirla (esto es la muerte, la consumición: se acabó de formar el don en esta vida) y para consumarla (esto es la vida, la consumación, sumar y sumar, crecer en sus tres dimensiones: fe, trabajo y amistad).

La vida es el don que nos instala en la vida eterna al ser aceptado por Dios.

Ofrecer o dar la vida, no es solamente compartir la vida, sino decir "no quiero vivir, lo que quiero es vivir contigo". No me importa la vida, me importas tú.

Es lo que se llama "desvivirse".  Morir de amor.


De ahí que la muerte como don sea dolorosa, pues más que la pérdida de la vida, lo que se siente es la pérdida del amado.
Es un dar sin reservarse nada.


El Cuerpo de Cristo sufrió muerte, pues por tres días perdió la visión beatífica que su cuerpo le daba. Perdió, humanamente, la visión del Amado, aunque divinamente la conservara gozoso.






Ideas inspiradas en Ignacio Falgueras en "El abandono final".

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¿Tiene la vida valor donal? ¿Y la muerte?

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El valor donal de la vida se corresponde con el valor donal de la muerte.

La vida es para consumirla (esto es la muerte, la consumición: se acabó de formar el don en esta vida) y para consumarla (esto es la vida, la consumación, sumar y sumar, crecer en sus tres dimensiones: fe, trabajo y amistad).

La vida es el don que nos instala en la vida eterna al ser aceptado por Dios.

Ofrecer o dar la vida, no es solamente compartir la vida, sino decir "no quiero vivir, lo que quiero es vivir contigo". No me importa la vida, me importas tú.

Es lo que se llama "desvivirse".  Morir de amor.


De ahí que la muerte como don sea dolorosa, pues más que la pérdida de la vida, lo que se siente es la pérdida del amado.
Es un dar sin reservarse nada.


El Cuerpo de Cristo sufrió muerte, pues por tres días perdió la visión beatífica. Perdió, humanamente, la visión del Amado, aunque divinamente la conservara gozoso.







Ideas inspiradas en Ignacio Falgueras en "El abandono final".
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¿Tiene grados la vida?

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Sí.

 Los grados de la vida, esquemáticamente, son tres:

vida vegetativa (que estudiaremos en la etiqueta 4.5)

vida animal (que estudiaremos en la etiqueta 4.6)

vida humana (que estudiaremos en la etiqueta 6.1.0)

 

La vida humana no es un "grado" superior de vida biológica, ya que es la manifestación de una persona humana, y por tanto, libre.

La vida en el universo físico no es libre.

 

La vida humana, creación segunda de Dios, es la respuesta a la llamada inicial a vivir en el ámbito de la máxima amplitud (por eso es libre).

 

La fe sobrenatural nos revela la "vida eterna".

Este tema no es, sin embargo, exclusivo de la teología sobrenatural. Antropológicamente, según el plan de Dios, podríamos abrirnos a esa vida gracias a las aperturas transcendentales.

 

Sin embargo, como el pecado es el error peculiar de la libertad, solos no podemos introducirnos en la felicidad, solamente una nueva intervención divina puede salvarnos de la muerte segunda.

Esta nueva intervención, gracia sobrenatural, nos introduce en la vida eterna, cuando Dios acepta el don de nuestro trascendental personal "amar" (en la etiqueta 5.5.3 estudiaremos el trascendental personal "amar").

 

En Dios la vida eterna pienso que hay que referirla al Espíritu Santo: el Don que en cuanto vínculo amoroso se llama Amor (vínculo de la Comunión). Aunque Vida es un atributo divino operativo, inmanente, aquí la considero, es una propuesta, no es un atributo divino, sino como Tercera Persona.

  

En Studia Poliana nº 7 hay un artículo de Gabriel Martí, que habla de la sempiternidad de Dios.

 

En su último libro de Epistemología, don Leonardo dirá:

Una segunda interpretación de la vida post mortem es pensarla como una duración sin fin. Es claro que de esta manera sería intolerable, aunque en ella se multiplicaran los motivos de felicidad propios del mundo terreno, como se pretende en el islamismo. La expresión “vida eterna” intenta evitar ese motivo de desesperación. Así pues, la eternidad no es una duración interminable, un continuo sucederse de los días, sino el sumergirse en el océano del amor infinito  ya no hay antes y después. Quizá en la idea de la muerte eterna de los condenados se nota que la falta del amor infinito hace insufrible la eternidad.

 

En Studia Poliana nº 7 hay un artículo de Gabriel Martí, que habla de la sempiternidad de Dios.

 

Entre los atributos operativos divinos podemos distinguir : Inmanentes (Entender, Querer, Vida) y Transitivos (Potencia activa divina).

 

De Ana Marta González aprendí que Dios es la máxima vida. Dios es el Ser, la Identidad, Acto puro, Origen activo. Dios es la máxima vida, la Identidad activa, la Unidad de riqueza infinitamente armoniosa, simplicísima.

 

Para una información más completa sobre lo que es la vida : ir a la página “la vida”, he aquí el enlace :  http://preguntaspolianas.blogspot.com/p/la-vida.html