¿Por qué las culturas agrícolas son pesimistas?

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Porque se les cierra el futuro.

La agricultura sugiere que todo es siempre igual.

Además, a diferencia de los nómadas, el hombre no tiene que tomar la iniciativa, como el cazador con la magia, sino que siembra, y luego se limita a aguardar. En el crecimiento de la planta el hombre ya no tiene nada que hacer. El tiempo humano se adapta al calendario, que señala las épocas del año. Ha nacido una nueva simbología y los años se repiten.

La simbólica que, a grandes rasgos, enmarca al hombre agrícola deja en suspenso las preguntas sapienciales sobre el origen y el destino.

El tiempo obedece solamente a la enigmática fatalidad, ciega. El tiempo hace y deshace (no hace otra cosa).

Arar, sembrar, cosechar, inciden en la tierra, diosa madre, pero lo que hace crecer y fructificar, no depende del agricultor (como la habilidad del cazador apuntalada por el conjuro) Depende de la planta, de si llueve o no llueve. ¿Y si hiela?

El agricultor puede implorar, pero el mito subyacente dice que no hay nada nuevo bajo el sol, que todo es siempre igual. A un año le sucede otro. No se sabe a dónde vamos. El horizonte temporal se encapota. Más que un miedo al futuro, hay una falta de futuro.
El Poder es despótico.
La ruptura de la monotonía sugiere tan sólo la idea de un año que, por peculiar, es catastrófico. Esta idea aparece en la cultura azteca. Cortés llegó allí en un año de catástrofe. Cuando los españoles desembarcaron, Moctezuma estaba completamente acomplejado. Ése fue uno de los factores que explican que unos cuantos se hicieran con el imperio azteca.

En torno a esto también se fragua una religiosidad macabra. A veces se recurre a un ritual sanguinario para aplacar la desgracia.

La constelación mítica es compleja. El mito admite variantes pero el mito primitivo que se puede deducir de las culturas agrícolas es éste: el hombre está desamparado en este mundo; las cosas se repiten; el tiempo cíclico es atenazante.

La degeneración de la religiosidad mítica se caracteriza por el pesimismo, es uno de sus rasgos más claros.

De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 233,2-235.
Les aconsejo ir a la página titulada "religión y libertad" donde he intentado una síntesis de este último capítulo. Se accede a ella por el enlace en letras rojas situado al inicio del blog.
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