¿Qué es la muerte?

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La muerte es un paso incompleto.
El hombre muere porque al cambiar de vida no puede llevarse al cuerpo consigo.
No sabe cómo hacerlo.
Pero no piensen ustedes de modo sustancialista (como si fuera una película de ciencia ficción), imaginando un cuerpo que pasa por un agujero y se deja trozos cual serpiente que cambia de piel.

Lo que queda incompleto es el sentido de nuestra vida terrestre.

El pecado original es un pecado de ciencia, de falta de conocimiento.
El sentido del cuerpo queda sin descifrar.
“Conociendo”, en Dios, recuperaremos, gloriosamente, el cuerpo y su historia.

De ahí que la Buena Muerte sea la de Jesús: Padre, en tus manos abandono mi espíritu.
Abandonarse completamente en Dios garantiza la Resurrección




De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 208
Para saber más sobre el pecado original ver la etiqueta 12.3.0

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Sobre lechuzas, amaneceres y Universidad

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El ave de Minerva que, como se sabe, es la lechuza, levanta el vuelo al atardecer, en esa hora definitiva en que la experiencia del día se consuma y es elevada al concepto. Pero el trópico carece de crepúsculos duraderos, es decir, de esa calma que recoge el fulgor del día y es el símbolo de la teoría pura.

En verdad, estas dificultades, planteadas por el idealismo, no afectan a un  filósofo realista. Sostengo una actitud muy distinta. Más que de resultados, la filosofía se ocupa de principios, de lo primero. Por eso está en condiciones de señalar rutas, de proponer criterios  iluminadores a la acción esperanzada de los seres humanos. Por eso también, el símbolo de la filosofía no es la melancolía de la tarde, tampoco el brillante mediodía, sino el amanecer, la luz más joven, que empieza a disipar las sombras y a destacar perfiles.

La filosofía siempre está comenzando, y vuelve a comenzar en cada hombre. Para ser filósofo es necesario comprender que el disparo inaugural del vivir es la búsqueda. La vida busca en la verdad, porque la verdad es insondable y depara sin cesar descubrimientos nuevos. En la mitad del camino, como dice Dante, el hombre se encuentra inmerso en una selva indescifrable. La filosofía le enseña el modo de aclarar el laberinto: hay que volver atrás, al propio manantial genuino, permanecer cerca del principio.

El filósofo no es un iluso, pero sí un ingenuo. La ingenuidad es, al contrario de la satisfacción, palabra que viene de satis facere: nunca hemos hecho bastante –dijiste basta y pereciste, advierte San Agustín–. Y es que la sensación de suficiencia disipa, disgrega la vida en la atonía. En cambio, la filosofía convoca. Convocar equivale a reunir, a articular las cosas diferentes. En la medida en que la aurora desvela lo oscuro, un panorama, un paisaje, se organiza.

De aquí se desprende que sin la filosofía es difícil conseguir una auténtica Universidad. Sin la filosofía, las Universidades no suelen pasar de ser meras pluriversidades, es decir, un conjunto de Facultades aisladas. A ella corresponde, en efecto, la propuesta unificadora que hoy se suele llamar interdisciplinariedad, con la que se repone el clásico lema del árbol de las ciencias.






Texto de Leonardo Polo enviado por Silvia Carolina Martino, publicado en “Discursos pronunciados en la Investidura del Grado de Doctor “Honoris Causa”. Profesor Ronald Woodman Pollit (Ingeniería), Profesor Ben Burton Balsley (Ingeniería), Profesor Leonardo Polo Barrena (Filosofía), Profesor Umberto Farri (Educación)”, Universidad de Piura, 9 de septiembre de 1994, pp. 41-44
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¿Qué es la muerte para la persona humana?

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Es un paso penoso.

La muerte para el hombre es un viaje precipitado, en el que perdemos el cuerpo.

El Apocalipsis dice que sus obras siguen al justo.
Pero eso sólo lo sabremos a la llegada.

No estamos seguros de que recuperaremos las maletas. No lo quiero ni imaginar.

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¿Es mala la muerte para la persona?

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La muerte es malísima para la persona humana, ya que se interrumpe su manifestación corporal.

No es correcto imaginar que el alma escapa como un pájaro de la jaula de su cuerpo.
El cuerpo no es una jaula sino cauce de nuestra libertad.

La muerte es buena en cuanto que paso a una Vida mejor, la de la resurrección, que permitirá a la persona manifestarse en un mundo "nuevo", al ser el cuerpo glorificado (nuestro cuerpo y no otro, ya que no podemos renunciar a nuestra historia), el mismo cuerpo ahora glorioso. Nunca podremos dejar atrás a nuestros padres, a nuestra tierra, o a nuestro sexo.

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¿Es la muerte cristiana un aceptar?

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La muerte cristiana es aceptar, con Cristo y como Cristo, el abandono de la felicidad que la vida humana (nuestro cuerpo vivo) proporciona cuando crecemos hacia Dios o vivimos en Dios.

Morir cristianamente es aceptar ese abandono confiando en Dios, que nos resucitará.


Un morir arrepentidos, con dolor, del mal uso que hicimos de la vida, pero sabiendo que Jesús reparará con su Muerte (con la Pascua de su Misa) cada uno de nuestros desperfectos.
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¿Cómo explica Polo antropológicamente lo que es el morir?

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El morir es un tránsito.

Lo inmortal del hombre, su espíritu, no es capaz de asumir, al tránsito, el entero transcurso temporal de la vida humana.

No sabemos descifrar el sentido de nuestro estar en el mundo. Nos vamos dejando tantas obras inacabadas.

A través de la cultura hemos intentado expresarnos, dar sentido a nuestra vida biológica.

Si nuestro espíritu hubiera abierto por completo el significado de nuestra vida temporal, nos llevaríamos el cuerpo a la gloria.

Nos duele morir cuando la tarea está aún inacabada.







Glosa a Urbano Ferrer. Consideraciones sobre la relación mente-cerebro. Studia Poliana 11,  p.56.2  

¿Cómo causa el pecado original la muerte?

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El pecado original causa la muerte "per accidens"

En sentido estricto no es el pecado el que causa la muerte, pues la muerte sigue "naturalmente" a la naturaleza humana.

La muerte se encontraba impedida por el estado de justicia original en que Dios creó la naturaleza humana.

La muerte es una exigencia natural de la especie humana.

Pero Dios, junto con la gracia había concedido al hombre un conjunto de privilegios que eran como un freno para lo que reclamaba la naturaleza humana.

El pecado, al destruir el estado de justicia original, se constituyó en causa per accidens de la muerte.

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¿Tiene la vida valor donal? ¿Y la muerte?

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El valor donal de la vida se corresponde con el valor donal de la muerte.

La vida es para consumirla (esto es la muerte, la consumición: se acabó de formar el don en esta vida) y para consumarla (esto es la vida, la consumación, sumar y sumar, crecer en sus tres dimensiones: fe, trabajo y amistad).

La vida es el don que nos instala en la vida eterna al ser aceptado por Dios.

Ofrecer o dar la vida, no es solamente compartir la vida, sino decir "no quiero vivir, lo que quiero es vivir contigo". No me importa la vida, me importas tú.

Es lo que se llama "desvivirse".  Morir de amor.


De ahí que la muerte como don sea dolorosa, pues más que la pérdida de la vida, lo que se siente es la pérdida del amado.
Es un dar sin reservarse nada.


El Cuerpo de Cristo sufrió muerte, pues por tres días perdió la visión beatífica que su cuerpo le daba. Perdió, humanamente, la visión del Amado, aunque divinamente la conservara gozoso.






Ideas inspiradas en Ignacio Falgueras en "El abandono final".

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¿Qué es la Muerte de Cristo?

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La Muerte de Cristo es su "aceptación" de la experiencia del abandono de Dios, confiando en su Misericordia, con la intención de aportar la felicidad eterna a la humanidad.

La Muerte de Cristo es la dimensión radical del acto Supremo del Amor de Dios hacia los hombres.

El sufrimiento de esta Muerte es aceptado por Cristo y esencialmente consiste en experimentar el abandono del Padre.

Entendámoslo bien, Dios Padre no abandona   al Verbo, no abandona a su Hijo.

Y tampoco abandona al alma de Cristo.

Además, el cuerpo, separado del alma, no puede sufrir, pues un cuerpo separado está muerto, es un cadáver, ni siente, ni goza, ni sufre.

Sin embargo, el alma separada sí que no puede seguir gozando de la felicidad "que viene del cuerpo".
La felicidad que el cuerpo de Cristo sentía, en su alma, era, desde la Encarnación, la felicidad de la visión beatífica que hace al cuerpo glorioso, luminoso, reflejo del Espíritu Santo.

Y es esa felicidad proveniente de la gloria de su cuerpo la que se pierde en la Muerte.

El Hijo da ese dolor, ofrece ese dolor a los hombres para que nos arrepintamos de nuestros pecados, al darnos cuenta de lo que el pecado provoca: la separación de Dios, único y verdadero mal.

La Muerte de Cristo es, pues, su sufrimiento, por el abandono de Dios Padre.

Notemos que Cristo se gozaba también en la felicidad de su Cuerpo místico, la Iglesia. Por eso, en su Muerte, Cristo se queja también del sufrimiento que le producen los miembros de la Iglesia cuando se separan de Dios por el pecado y arriesgan el abandono definitivo de Dios.




Ideas y frases sacadas de Ignacio Falgueras Salinas en "El abandono final. Una meditación teológica sobre la muerte cristiana. Universidad de Málaga. Estudios y Ensayos, nº 32, p.55


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¿Es la muerte un acontecimiento de mi historia, de mi vida?

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No faltan quienes niegan la existencia de la muerte, asegurando que es una ficción, pues cuando morimos ya no vivimos, sería algo externo a nuestra vida: la vida ha terminado, luego la muerte no es nada.

Hagamos, sin embargo, un esfuerzo por abandonar la manía sustancialista que ve todo a través de un “sujeto”, un yo aislado, que se muere cuando se muere, como muere un perro, una sustancia. Si es así, la muerte es ciertamente exterior a mi vida.

La persona no es una sustancia que desaparece al transformarse en cadáver. La persona humana es “adverbio”, es “además”. Este horizonte nos permitirá comprender el sentido donal de la muerte.

La vida terrestre termina, sí, el don se ha completado y se abre la gran alternativa: ¿será mi vida aceptada? Hemos llegado al gran acontecimiento de mi historia: el juicio.

La historia de la persona que soy, viva, muerta y resucitada.
La muerte es ciertamente un acontecimiento de mi Vida (no solo de la terrestre).






De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 208.2

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¿Qué ganamos con la muerte?

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Con la muerte ganamos el desvelamiento de la oscuridad de la libertad nativa en nuestras circunstancias. Al pasar a mejor Vida.

En la vida humana hay muchas quiebras. La libertad tiene sus errores peculiares (pecados).

Al morir, o tener que morir, descubro lo que irremediablemente dejaré detrás, por no ser suficientemente hijo.

El dolor hace renacer la libertad nativa.

Ya no es esclava, ya no soy esclavo. Salvo si muero por segunda vez.
Con la segunda muerte no gano nada, lo pierdo todo.





De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 224
Para saber más sobre la libertad nativa ver la etiqueta 5.5.4
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¿Tiene la muerte importancia para Heidegger?

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Sí. La muerte tiene importancia para Heidegger porque le da sentido a la vida.

Sin embargo, al aceptarla como término ineludible, se incapacita para entender la libertad radical.
Somos libres sólo para darle sentido a nuestra vida, pero la vida se acaba.
La muerte tiene entonces una importancia desorbitada y provoca el centrarse en la realización del sentido que yo quiera darle a mi vida.

En esta vertiente la antropología de Heidegger es una antropología de la finitud o una ontología de la cultura (en definitiva, del lenguaje): somos lo que llegamos a decir y nada más.
La muerte le sirve a Heidegger como cañamazo para el vivir. Precisamente porque nos damos cuenta de que morimos somos seres con proyectos; si no, nos limitaríamos a pasar.





De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 209.2

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¿Cómo integrar la muerte en mi libertad?

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Sartre tiene razón cuando observa que la muerte aparece como una necesidad para mi libertad: alguien va por la calle, le cae una teja en la cabeza y se muere.

¿Dónde está ahí la libertad? Pues piensen ustedes que tampoco podemos decidir nacer. Ahora bien, podemos aceptarlo.

Polo llama a esta aceptación libertad nativa.
Radicalmente podemos aceptar nacer y podemos aceptar morir.

Claro está que si entendemos la libertad como espontaneidad (libertad emancipada) tal como hacen Heidegger y Sartre, no se entiende la libertad radical de la que aquí hablamos.

El acto de la libertad nativa no es una decisión que se tome o comience en el curso de la vida (“comenzar” es propio del acto de ser del universo, de la persistencia), la persona humana no “comienza” sino que nace como novedad que se añade: es segunda.

La libertad emancipada moderna es un “comenzar” desde sí o por sí (perseitas). Por eso Heidegger afronta la muerte con un acto que llama libre en el que se agota. Y por eso Sartre dice que comenzar no sirve para nada.

No saben plantear la cuestión de la libertad pues para ellos la libertad es innata, no nativa.

Intentemos aclarar la cuestión: nacer no es comenzar; morir no es terminar.
La vida humana no es el trayecto entre su comienzo y su fin. Eso es la vida biológica o animal.

¿Qué es el nacer para una persona humana?: la libertad nativa, el ser hijo. El ser un ser que es co-ser o ser segundo.
Un ser que posee un futuro que no acaba. Hijo es nombre personal; no ser cósmico.

Aunque muramos biológicamente seguiremos siendo hijos. La libertad nativa trasciende el nacer y el morir.

Trascendentalmente aceptamos (ésa es la novedad) nuestro nacer y podemos aceptar nuestro morir; el acabarse de la vida biológica, ofreciéndola como don.

Heidegger está pues más cerca de la comprensión de la muerte que Sartre; pero al no saberse hijo, incumbe en patetismo. Desconoce que al terminarse la vida biológica descifraremos su sentido. No porque nosotros se lo demos, sino porque nuestro Padre nos lo otorga como premio a nuestra fidelidad.






De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 211

Para saber más sobre la muerte ver la etiqueta 10.0.0

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¿Es la inmortalidad un vivir indefinidamente?

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Más que un vivir prolongado, la inmortalidad es una vida más intensa.

Pero no sólo eso.
La inmortalidad del hombre es, sobre todo, la desaparición del error peculiar de la libertad que es el pecado.

Ser inmortal para los hombres es una consecuencia de lo que los cristianos llamamos ciencia de la Cruz. Es un saber más, que descifra todos los avatares del cuerpo, de la historia y de nuestras acciones futuras.
Gracias a ese sabe, en la vida eterna que algunos llamamos Cielo, no se peca. En el Cielo no se muere.





Para saber más sobre el pecado ver la etiqueta 12.3.1;
Y sobre el pecado original, ver la etiqueta 12.3.0

De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 209.3

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¿Tiene razón Heidegger cuando afirma que sin la muerte desaparecerían los proyectos?

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Sí, Heidegger tiene razón cuando afirma que sin la muerte desaparecerían los proyectos, porque la muerte acota el tiempo de la vida terrestre.

Si viviéramos indefinidamente no existirían las posibilidades, pues todo sería posible y tarde o temprano se realizaría. La vida sería un todo infinito y aburrido en la que no nos jugaríamos nada.

La muerte da posibilidad a la posibilidad.
De ahí que, aunque la muerte aparezca como algo negativo, el sabio agradece el conocerla, pues así se estimula a aprovechar el tiempo en tareas con sentido.

Heidegger tiene razón: sin la muerte no existirían las alternativas.

Esto no quita el que exista una ciencia superior que Heidegger ignora: la muerte no es un término, sino un cambio de vida.
Heidegger incumbe en patetismo. La inmortalidad no debe equipararse a la prolongación indefinida de la vida biológica. Ser inmortal es saber descifrar nuestro cuerpo, esencializarlo de tal modo que sirva para otra vida que no es aburrida: la vida eterna "de los hijos".








De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 209, 2-3.

Para saber mas sobre Heidegger ver la etiqueta 20.50.00

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¿Tiene razón Sartre cuando califica a Heidegger de moralista?

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Sí, Sartre tiene razón cuando califica a Heidegger de moralista, pues no tiene sentido querer darle sentido a la vida, si la vida se acaba.

En esto Sartre parece más coherente y radical: los demás, que me recuerdan la libertad, son un infierno, pues la libertad no sirve para nada. Es nauseabunda.

La muerte es un hachazo que hace inútil nuestra existencia. La muerte es un factor enigmático para la libertad.
De qué me sirve cifrar (cultura) si no podré descifrar.

Por eso Sartre desemboca en la dialéctica, sintetizando: somos libres y empíricos a la vez, vivamos la vida como nos dé la gana, evitemos lo que nos desagrada, seamos libres como pasión: condenados a ser libres.

Sartre ignora que la libertad trascendental, que somos, es un acto inagotable; que buscando su Origen, lo encontrará indesfuturizable. No es pasión, sino acto actuoso, y esperanza de felicidad.







De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 210.


Para saber más sobre Sartre ver la etiqueta 20.51.00
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¿Cómo conjura Epicuro su miedo a la muerte?

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Epicuro conjura su miedo a la muerte diciendo que la muerte es un hecho indiferente, porque cuando estamos vivos no hemos muerto, y cuando hemos muerto no vivimos.

De este modo Epicuro se acoraza, busca un consuelo, expulsa la comunicación muerte-vida.

Sin embargo, la muerte no se quita de en medio con tanta facilidad. La neta postura de Epicuro es superficial. Quien diga que la muerte no es terrible no sabe nada de ella.
¿No es espantoso ser ciego en Granada? O en Málaga.






De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 210.2
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¿Por qué el miedo de Hobbes ante la muerte debilita su antropología?

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Según Hobbes, el hombre vive dominado por el miedo porque es capaz de adelantar el futuro. El hombre no puede evitarlo. El animal no sabe que va a morir.
Homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre.

Por ello se ve impelido a construir el Leviathan, el Estado, a fin de anular el miedo emanado de la enemistad universal.
Es necesario el pacto social, urdir un sistema que garantice la paz; eso es “lo stato”, lo estable; la política, al construir un ente al que se entregan todos los poderes, neutraliza mi futuro; ahí ya puedo vivir despreocupadamente.

Porque conocer el futuro es conocer una serie ininterrumpida de males que acaba con la muerte. Sé que soy mortal porque soy un ente que imagina.
Imaginemos pues un Estado totalitario que nos libere del terror.
Hobbes inmola la persona, el futuro, pues ahí se encuentra la muerte.

La antropología se debilita en sociología  o  ciencia de la paz entre lobos.









De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 212.2
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¿Cómo hace Kant para que no aparezca la muerte?

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Para que no aparezca la muerte, Kant hace que la ética ocupe todo el horizonte.
La libertad para Kant es exacta como un reloj prusiano: espontaneidad categórica.

El imperativo categórico es una norma absoluta, que lo abarca todo. Aquí no hay persona, no hay un quién. El sujeto trascendental sabe lo que sabe y no molesta a los demás con lo que a él le molesta.

Así controla Kant el problema del miedo al futuro.

Atenerse estrictamente a la norma anula la persona: Las decisiones del yo empírico serían una quiebra; el afán subjetivo-egotista de pasarlo bien. Un apéndice despreciable.

Sin embargo, al imperativo categórico no le puede pasar nada. Si cumplimos nuestro deber no caeremos en preocupaciones tan triviales como la muerte, que es así tapada por el imperativo categórico.








De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 213.5
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¿Cómo conjura Nietzsche la muerte?

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Nietzsche conjura la muerte con el eterno retorno.

Nietzsche dice: todo para suprimir la venganza, para amar la eternidad sin riesgos, para no ser hijo, para producir en régimen de superación, para convertir el tiempo en ser.

Nietzsche huye del miedo a la muerte de una manera más refinada que Hobbes, la supera artísticamente.
Propone una eternidad corpórea cultural, sin alma y sin ética.

Pero el hecho es que él también se murió.







De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 215

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¿Es la muerte una buena piedra de toque para conocer la profundidad de los filósofos?

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Sí. la muerte es una buena piedra de toque para conocer la profundidad de los filósofos.

Los más profundos serán los que sepan decirnos por qué el hombre es mortal y lo hagan jugando con la muerte, no como el caballero de la película El séptimo sello que se atreve a mirar a la muerte pero intenta retrasar que le llegue, retándola a una partida de ajedrez. Y pierde.

El mejor filósofo será el que juegue con la muerte con un juego de suma positiva en el que todos ganan. El que sea capaz de bailar con la muerte en lugar de desviar su mirada.

Kant: en vez de reconocer que soy mortal, juega con el absoluto ético del imperativo categórico.

Hobbes: el miedo le hace refugiarse en el Estado, que a lo más le pagará el entierro.

Sartre: la muerte da jaque y mate a mi libertad.

Heidegger: sé que me ganarás, pero yo jugaré como me dé la gana.

Nietzsche: venceré a la muerte pues seré vencedor. Vencerá el que vencerá.

Buda: yo no juego.

Ejemplos de filósofos que no saben bailar con la muerte.









De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 214-216
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¿Cómo juega Polo con la muerte?

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Polo juega con la muerte con ritmo personal, dando un paso doble.

El primer paso es darse cuenta de que la unión del cuerpo con el alma no es suficientemente estrecha para resistir los altos vuelos. Es decir, hay que reconocer que somos mortales.

El segundo paso, o paso doble, consiste en dejarle la iniciativa al alma. Es el alma la que debe tirar del cuerpo, informarlo mejor, comprenderlo, esencializarlo.

Pero atención, el alma no es “sujeto” independiente. El alma debe dejarse guiar por la música.

Para saber bailar con la muerte, con nuestra debilidad congénita, necesitamos el refuerzo de la persona, que es actividad inagotable, futuro indesfuturizable, futuro que no acaba.







De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 215, 2-3
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¿Por qué decimos que la esperanza es el bastón del peregrino?

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La esperanza es el bastón del peregrino pues nos ayuda al caminar.

Nuestra vida marcha hacia la eternidad, hacia Dios.
La esperanza es flexible.

Gracias a esta apertura a Dios, como Padre, la unidad de la vida se fortifica. Es, como decía Josemaría Escrivá, sencilla (un solo destino) y fuerte (pues aúna, al luchar, la pluralidad de nuestras facetas).










Para saber más sobre la esperanza, ver Etiqueta 5.13.4

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¿Qué significa ser de carne y hueso?

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Ser de carne y hueso significa que nuestro cuerpo es potencial.

Para designar el cuerpo insuficientemente unido al alma, se emplea la palabra “carne”.

Y luego hablamos de "hueso".
Sin los huesos, los músculos, la grasa, las venas y la sangre se desparraman.

El hueso estructura, sostiene y da forma a las carnes.

Somos carne. Tenemos una naturaleza en común. Débil.

Llamamos alma, desde Aristóteles, a la organización del cuerpo. El alma es, para empezar, el hueso.

La ética es el arte de conducir la carne, dándole forma humana.
Cada persona, cada alma, entra con sus huesos en la red de la naturaleza humana, dándole belleza. La continuación de la naturaleza producida por hombres y mujeres es la cultura.

El cuerpo es potencial de símbolos culturales, por ser de carne y hueso.









De esto habla Polo en el último capítulo de Quién es el hombre, p. 216.


Para saber más sobre la cultura, ver Etiqueta 7.2.0
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¿Es que si el alma humana no se separara del cuerpo, como es el caso del alma de los animales, no sería inmortal?

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Eso es falso.

Es cierto que el alma de los animales no puede separarse de su cuerpo. Cuando el animal muere, ya no hay alma, ya no hay vida, ya no hay cuerpo animal. Hay cadáver.

En el caso del hombre, el alma es la primera manifestación de una vida superior. Es el engarce de un cuerpo que es humano precisamente por tener la vida humana que la persona aporta.

El cuerpo es más humano en la medida en que la persona lo va haciendo más suyo, esencializándolo.

Si el alma humana penetrase suficientemente en el cuerpo, no lo dejaría, sino que haría el tránsito con él.

No es el caso de los animales, cuya alma no es espiritual.

Juan Fernando Sellés dice que las mujeres tienen el alma más pegada al cuerpo. Si es así, deben resucitar más fácilmente.









De esto habla Polo en el último capítulo de Quién es el hombre, p. 217.2

Para saber más sobre la cultura, ver Etiqueta 7.2.0
Para saber más sobre la muerte, ver Etiqueta 10.0.0


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¿Es la muerte vía para la antropología?

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La cuestión de la muerte una de las grandes vías de entrada al tema del hombre.

Si nos atrevemos a pensarla, se ponen en claro las grandes dimensiones del ser humano: tenemos cuerpo, somos alma espiritual, dependemos libremente de Dios.

Empezamos así a darnos cuenta del fondo de muchos anhelos del hombre: querríamos ser inmortales o, lo que es lo mismo, descifrar los símbolos que los humanos cultivamos (cultura).

Y símbolo fuerte es la muerte.

Se cuenta la siguiente anécdota: cuando los comunistas eran comunistas de verdad, en un coloquio con intelectuales de Occidente, salió a relucir el famoso asunto de la sociedad perfecta, sin clases, en que culmina la historia. Y uno de los de Occidente preguntó: - ¿Y si en esa sociedad perfecta un tranvía atropella a un niño y lo mata? Un comunista respondió: - En la sociedad perfecta no habrá tranvías.

La filosofía moderna desvía la vista de la muerte, buscando teorías (como la marxista) para esquivarla.

Sin embargo, la muerte nos orienta a restaurar el sentido trascendental del yo: adorar-yo. La muerte nos anima a expresarlo simbólicamente enamorados de Dios.

A descubrir su valor donal. La muerte puede ser el símbolo de la plenitud del amor. Vía para entender que el hombre "solo" es un absurdo.





De esto habla Polo en el último capítulo de Quién es el hombre, p. 218.2-3. Y habla del adorar-yo en Antropología trascendental I, p. 211.”

Para saber más sobre la cultura, ver Etiqueta 7.2.0

Para saber más sobre los símbolos, ver Etiqueta 6.2.6
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¿Cómo conectar sistémicamente “soy mortal” y “soy persona?

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Conectamos sistémicamente “soy mortal” y “soy persona gracias a la simbología.
Otorgando a la muerte su sentido donal. Me explico:

Los símbolos son cauce para la libertad humana. Y “soy persona” es ser libre, ser libertad nativa, ser Hijo.
Pero no somos espíritus angélicos para los que ser de carne y hueso sea indiferente o un hecho bruto.

El cuerpo, aunque no sea suficiente, es un cauce de la libertad, en especial de su expresividad.
Porque soy de carne y hueso puedo tener sentimientos; acorazarse en el imperativo categórico, esto es, pretender ser éticamente libre respecto del cuerpo, es una abierta renuncia a lo simbólico.

“Soy persona” conecta sistémicamente con “soy mortal” al otorgar a la muerte un sentido donal.

Cristo murió libremente: “yo doy mi vida y nadie me la quita, sino que la doy porque quiero, soy dueño de dejarla y dueño de tomarla”.

Si somos suficientemente libres podemos ofrecer al Padre nuestra vida, aceptando la muerte.








De esto habla Polo en el último capítulo de Quién es el hombre, p. 217.2-218.


Para saber más sobre la cultura, ver Etiqueta 7.2.0
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¿Cómo "insiste" el espíritu en el cuerpo y en la naturaleza?

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El espíritu "insiste" perfeccionando.

El cuerpo de cada quién se perfecciona esencializándose, gracias a la ética (arte del espíritu: el arte de conducir la propia vida hacia la felicidad).

La naturaleza humana se perfecciona en cultura, que es común, como la naturaleza, a los hombres y mujeres que la poseen. Cada uno posee la suya, su naturaleza, y su cultura, en comunión con los otros que juegan en la misma red.

El alma (que es de un quién espiritual, espíritu) hace nuestro cuerpo más nuestro al otorgarle su simbología. Lo hace más estable, más viable, de tal manera que será apto para acompañarla en el paso que es la muerte. Es así un cuerpo más unido al alma, transfigurado. Un cuerpo espiritual.

El cuerpo resucitado es un cuerpo en el que el espíritu humano es tan activo que aquello que ahora es carne y hueso, seguirá siendo mi cuerpo, pero penetrado por la plenitud del espíritu.

Unamuno dice: “yo soy de carne y hueso”, pero añade que no quiere ser hombre más que de carne y hueso. Ha cortado las alas al alma.

Somos mortales porque somos de carne y hueso, pero, atención, suele pensarse que nuestro cuerpo es inexorablemente mortal, y eso no es verdad.

La verdad es que mi cuerpo es de carne y hueso en tanto que su unión con el alma no es suficientemente intensa; entonces el alma transita (en el momento de la muerte), y el cuerpo no.

Como ven, es cuestión de ética. La ética es el arte de conducir la vida. La ética acompaña al alma en su paso. Si poseemos la ciencia de Dios, nos llevaremos al cuerpo.

Paralelamente, la cultura es “continuatio ficta natura”.
En sociedad; los humanos perfeccionamos la naturaleza actualizando sus potencialidades, cifrando en símbolos.

Piensen ustedes en el valor de una cultura cristiana.







De esto habla Polo en el último capítulo de Quién es el hombre, p. 216.

Para saber más sobre la cultura, ver Etiqueta 7.2.0

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¿Somos libres ante la muerte?

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Sí.
Somos libres ante la muerte.

Aceptándola.

Pero no según el estoico imperativo categórico kantiano que dice: como tengo que morir, como, quiera o no quiera, debo morir, mejor será no rebelarse y aceptar dócilmente que el carro tire de mí, como un perro atado.
Protestar sería hacerme más daño.

No somos libres ante la muerte en este sentido estoico.

Soy libre ante la muerte si sé que el tránsito, el paso que es la muerte, me desvelará el sentido de la libertad nativa que soy.

Libertad nativa es saberse hijo de Dios que nunca me abandona. Libertad nativa es ser fuente inagotable al depender irrestrictamente, libremente, de un Creador personal.  Mi padre es Dios y no la naturaleza.

Así entenderé que el hecho de morir no me quita libertad, sino que me ayuda a ir descifrando mi vida.

La libertad radical que soy, sola, se quiebra.
El hecho de la muerte la recompone, al comprender que en ese tránsito se desvelará mi destino.

Buscaré el modo de "pasar" manifestando mejor mi destino libre, el sentido de mi vida.

En último término, el sentido de mi vida es que sea aceptada por Dios.
Cuando acepto el don que seré, alcanzo el núcleo de la aceptación de la muerte, el darle sentido donal y, correlativamente, aceptar que la vida es un don libre a Dios.

La muerte no me quita libertad, sino que desvela su sentido.
La libertad nativa se dualiza con la libertad de destinación. Soy libre para la gloria de Dios.








De esto habla Polo en el último capítulo de "Quién es el hombre" p. 223-224.

Para saber más sobre la libertad nativa ver la etiqueta 5.5.4

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¿En qué contexto aborda Polo el tema de la expresividad del cuerpo?

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Polo aborda el tema de la expresividad del cuerpo, entre otros, al hablar de la muerte del hombre.

La vida biológica termina.

La vida humana es la dualidad de vida recibida de los padres (vida biológica) con la vida añadida por la persona (vida espiritual).

Mientras hay vida biológica la persona puede expresarse simbólicamente a través de su cuerpo y puede desplegar su naturaleza culturalmente.

Desde la mortalidad, inherente existencialmente al hombre, se entiende esta característica antropológica: la expresión corporal simbólica.

Y también se entienden otras características de la persona humana, por ejemplo, al ser el tiempo biológico limitado, la persona hace proyectos.

Y Polo descubre que la unión entre alma y cuerpo no es lo bastante compacta o estrecha para hacer del cuerpo una cabal expresión de su persona.

El hombre no consigue expresarse enteramente en el tiempo como debiera. Su vida biológica se acaba y no puede llevarse en el viaje (que eso es la muerte) el pleno sentido de su vida biológica.






Glosa a Urbano Ferrer. Consideraciones sobre la relación mente-cerebro. Studia Poliana 11,  p.56.2