¿Existen varios niveles en lo "sobrenatural"?

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Sí, y podemos agruparlos en tres niveles.

El nivel más bajo y el más evidente es el nivel de las realidades que llamamos "milagros".
Obras que manifiestan directamente el poder de Dios y que se distinguen de las modificaciones técnicas que son obras realizadas por el trabajo del hombre.
La noción de milagro señala con suficiente nitidez la diferencia de lo sobrenatural con lo natural. Se suele definir el milagro como una excepción respecto al orden natural que sólo es posible por influencia divina, aunque sea realizado por un hombre.
El mayor taumaturgo es Jesucristo.

Otro nivel se corresponde con lo que San Juan designa con la palabra sémeion, signo, que indica directamente otro nivel de lo sobrenatural: la elevación que Cristo otorga al hombre. Y que llamamos gracia sobrenatural.

Por ejemplo,  los sacramentos, son signos eficaces. La realidad sacramental es superior al sentido usual de la palabra milagro, por tener inmediata relación con la elevación de la criatura humana. (Primer perdón del Bautismo, perdón de los pecados, unión con Cristo en la Eucaristía).

Y ahora veamos el nivel más alto, porque tampoco los sacramentos son la realidad sobrenatural más alta, pues, como se suele decir, Deus non alligavit potentiam suam sacramentis; y así, por ejemplo, es eficaz el bautismo de deseo, y Dios también puede perdonar los pecados atendiendo a un acto de contrición perfecta por parte de la criatura.

La conveniencia de acudir en este caso a la confesión es debida a que nadie puede estar seguro de que ha realizado un acto de semejante pureza.

El nivel más alto en lo sobrenatural es la Encarnación del Verbo pues proporciona una Vida muy superior a la naturaleza creada.
Con la noción de milagro no se alcanza a perfilar suficientemente la superioridad de la vida que proporciona la Encarnación del Verbo, sobre la vida de la naturaleza creada.

Y la realidad sacramental no debe ocultar que lo verdaderamente importante es Cristo mismo.

La clara prueba del favor divino es la Encarnación del Verbo, que, precisamente por ello, es el Autor de la realidad sacramental.

Toda la vida de Cristo está dedicada a dar gloria a Dios Padre, no sólo asegurando la felicidad de las criaturas humanas, sino también haciéndola residir en la donación de la filiación divina, es decir, en la unión con Él. Éste es el nivel más alto de lo sobrenatural.

La superioridad de la humanidad de Cristo sobre la realidad sacramental es debida a su unión con la segunda Persona divina.

Pero aún hay más:
La incorporación del ser humano a Jesucristo está por encima de cualquier otro perfeccionamiento.
Entre otras cosas, la unión con Cristo lleva consigo la más estrecha unión entre los seres humanos. Por eso no es suficiente decir “Padre mío”, si esta expresión no va estrictamente acompañada de la fórmula “Padre nuestro”.
La paternidad divina es más real que la paternidad humana, la cual, en cierto modo, es excluyente.


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